Taylor Swift suma cuatro chinches a su extraña colección de bichos con nombre propio
Taylor Swift, hasta donde sabemos, no colecciona bichos. Pero sus fans científicos siguen consiguiéndole ahijados: ahora cuatro nuevas chinches australianas forman parte de Swiftiephylus, un género bautizado en honor a los Swifties y con especies inspiradas en la propia Taylor y en tres de sus discos: Lover, Fearless y The Tortured Poets Department. Y no son las primeras. Entre especies bautizadas con su nombre, investigaciones universitarias, fenómenos económicos y conciertos capaces de dejar señales medibles en sismógrafos, la pregunta empieza a ser mucho más grande: ¿hasta dónde está influyendo la Swiftmanía en la ciencia, la cultura y la manera en que registramos nuestro propio mundo?
Por Marea Croma

Por Marea Croma
La última incorporación a esta extraña familia viene de Australia. El 9 de septiembre de 2026, Sarah Schroeder y Christiane Weirauch, investigadoras de la Universidad de California, Riverside, publicaron la descripción de doce nuevas especies de chinches de las plantas. Cuatro de ellas fueron agrupadas dentro de un género también nuevo: Swiftiephylus, un nombre inspirado directamente en los Swifties, el fandom de Taylor Swift.
Las cuatro especies se llaman Swiftiephylus taylorae, Swiftiephylus amator, Swiftiephylus intrepidus y Swiftiephylus poetorum: referencias a la propia Taylor y a tres de sus discos, Lover, Fearless y The Tortured Poets Department. En otras palabras, una parte de su discografía acaba de quedar escrita dentro de la clasificación científica de la vida.
Unos bichos que llevaban años esperando nombre
Swiftiephylus no es una especie sino un género, una categoría que los biólogos utilizan para reunir especies que comparten características y están estrechamente relacionadas. Ese trabajo forma parte de la taxonomía, la rama de la biología dedicada a identificar, describir, clasificar y nombrar organismos. Dicho de manera sencilla: antes de poder estudiar bien qué vive en el planeta, primero necesitamos saber qué es cada cosa y cómo llamarla.
Las chinches tampoco aparecieron de repente en 2026. Los ejemplares habían sido recolectados años antes en Australia y permanecían conservados en colecciones científicas hasta que pudieron ser estudiados y diferenciados formalmente. Schroeder, Swiftie desde hace años, aprovechó entonces uno de los privilegios más curiosos de la taxonomía: bautizar algo que hasta ese momento no tenía nombre científico.
Hasta los colores colaboraron. Los pequeños insectos presentan tonalidades claras con marcas rojizas que a la investigadora le recordaron el cabello rubio y los labios rojos asociados con la imagen de Swift. En la naturaleza, por supuesto, esos colores tienen una explicación menos pop: les ayudan a confundirse con las plantas australianas donde viven. (
Pero estos cuatro no son los primeros ahijados extraños de Taylor.
Antes llegaron un milpiés y una araña
En 2022, los investigadores Derek Hennen, Jackson Means y Paul Marek describieron Nannaria swiftae, una nueva especie de milpiés bautizada en honor a Taylor Swift. El nombre quedó registrado dentro de una revisión científica del género Nannaria publicada en ZooKeys.
Un año después apareció Castianeira swiftay, una nueva especie de araña imitadora de hormigas de Costa Rica descrita por Brogan L. Pett en la revista Zootaxa. La especie sigue reconocida actualmente en el World Spider Catalog.
Aclaración necesaria antes de que un zoólogo nos persiga: ni el milpiés ni la araña son insectos. El primero es un miriápodo y la segunda, un arácnido. La colección involuntaria de Taylor Swift es científicamente desordenada, pero bastante variada.
Lo realmente interesante es que los nombres aparecen una y otra vez por la misma razón: científicos que también son fans deciden introducir una parte de su historia musical dentro de su trabajo.
Y ahí los bichos dejan de ser solo una buena curiosidad.
¿Hasta dónde puede llegar una Swiftie?
Los fans crecen, estudian, hacen doctorados y terminan trabajando en universidades, laboratorios, museos o centros de investigación. La música no necesariamente se queda afuera cuando entran.
No es Taylor Swift intentando conquistar la ciencia. Son personas que crecieron escuchándola y que ahora producen conocimiento mientras siguen siendo parte de ese fandom. Una canción puede comenzar sonando en unos auriculares y, años después, terminar escondida en el nombre latino de una especie.
Pero la huella de la Swiftmanía ha aparecido en lugares todavía más inesperados.
Durante los conciertos de The Eras Tour en Seattle, en julio de 2023, un acelerómetro situado cerca del Lumen Field registró las vibraciones producidas durante el espectáculo. Los científicos comprobaron que el movimiento sincronizado de unas 72.000 personas bailando, saltando y balanceándose generaba señales medibles en el suelo. Incluso pudieron reconocer canciones a partir de los patrones registrados.
El trabajo terminó publicado por la Geological Society of America bajo un título irresistible: Beast Quake (Taylor’s Version). No, Taylor Swift no provocó un terremoto. Lo extraordinario es que el comportamiento colectivo de sus fans produjo un fenómeno físico suficientemente claro como para convertirse en material de investigación científica.
De los easter eggs a Harvard
La academia también comenzó a mirar con atención a las Swifties. Parte de la razón está en la propia relación que Taylor construyó con sus seguidores: letras conectadas entre sí, colores, números, referencias y los famosos easter eggs han acostumbrado a su público a buscar pistas y elaborar interpretaciones.
En 2024, Harvard ofreció el curso Taylor Swift and Her World, impartido por la profesora Stephanie Burt ante unos 200 estudiantes. Allí las canciones servían como punto de partida para hablar de literatura, composición y cultura popular; “Fifteen”, por ejemplo, fue estudiada junto a William Wordsworth.
Ese mismo año, el Swiftposium, una conferencia académica celebrada en Melbourne, recibió más de 400 propuestas y seleccionó 130 trabajos procedentes de 78 instituciones y unas 60 disciplinas. Taylor Swift y su fandom ya eran materia para investigadores de música, medios, literatura, género, economía y cultura.
Hasta la economía terminó registrándola
En 2023 la Reserva Federal de Estados Unidos también terminó mencionando a Swift. En su Beige Book de julio, un contacto de Filadelfia señaló que mayo había sido el mejor mes para los ingresos hoteleros de la ciudad desde el inicio de la pandemia, en buena medida por la llegada de visitantes para sus conciertos.
No significa que una estrella pop controle la economía ni que cada movimiento alrededor de ella necesite una teoría grandiosa. Significa algo más concreto: cuando decenas de miles de personas viajan, reservan habitaciones, compran, comen y se desplazan para participar de un fenómeno cultural, ese fenómeno deja rastros que pueden medirse.
Y entonces las cuatro pequeñas chinches australianas empiezan a contar una historia mucho mayor.
Taylor Swift tiene ahora, sin haberlos pedido, un milpiés, una araña y cuatro chinches incorporados a la nomenclatura científica. Sus conciertos han dejado señales en instrumentos utilizados para estudiar movimientos del suelo. Su obra se discute en universidades y su fandom ha terminado convertido en objeto de congresos académicos y registros económicos.
Swiftiephylus parece una anécdota divertida, y lo es. Pero también demuestra hasta dónde puede viajar la cultura cuando millones de personas la incorporan a sus propias vidas.
La ciencia acaba de darle cuatro nuevos ahijados a Taylor Swift. La pregunta interesante ya no es cuál será el próximo bicho.
Es qué otro rincón de nuestro mundo terminará registrando la huella de la Swiftmanía.
